La santidad de Dios queda delante del pueblo como una verdad urgente, porque la visión de Isaías mostró al Señor sentado en su trono, alto y sublime, mientras los serafines decían: “Santo, santo, santo”. La visión dejó al profeta chocado, porque al ver la santidad de Dios vio su propia iniquidad y confesó: “Ay de mí, porque perdido estoy”. Dios no dejó a Isaías en esa condición, sino que proveyó por pura gracia la purificación que el profeta no podía producir por sí mismo. Dios tocó sus labios, quitó su iniquidad, perdonó su pecado y luego lo envió.
Pedro toma esa misma realidad y responde cómo debe vivir el que ya ha sido redimido por gracia. Pedro no comienza con mandatos secos, sino recordando que los creyentes fueron elegidos, nacidos de nuevo, guardados por el poder de Dios y destinados a una herencia incorruptible. La doctrina viene antes de la práctica, los indicativos antes de los imperativos, porque la obediencia no compra el favor de Dios. La obediencia nace como fruto de una nueva identidad en Cristo.
Pedro manda primero a poner toda la esperanza en la gracia que será traída en la revelación de Jesucristo. La esperanza cristiana no descansa en que las circunstancias mejoren, ni en trabajo, salud, dinero o seguridades temporales. La esperanza cristiana mira al día cuando Cristo regrese, complete la obra comenzada y libre a los suyos de la presencia del pecado. Esa esperanza no vuelve pasivo al creyente, sino que purifica la vida presente.
Pedro manda también a vivir como hijos obedientes de un Dios santo. La vida antigua tenía un molde: deseos, ignorancia, pecado, valores del mundo, búsqueda de reconocimiento, amor al dinero, entretenimiento impuro, orgullo, ira y envidia. Cristo sacó a su pueblo de esa vana manera de vivir, y por eso el hijo de Dios no puede seguir viviendo como antes. La medida de la santidad no son costumbres religiosas ni comparaciones con otros, sino el carácter de Dios: “Sean santos, porque yo soy santo”.
Pedro añade que el Padre juzga imparcialmente la obra de cada uno. El temor reverente no es pánico de esclavo ni terror de criminal, sino la conciencia de un hijo que vive delante de un Padre santo. José en Egipto muestra esa clase de temor cuando rechaza pecar contra Dios, aun cuando nadie parecía estar mirando.
Pedro finalmente lleva todo al precio de la redención. Cristo no compró a su pueblo con oro ni plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha. Dios preparó esa redención desde antes de la fundación del mundo, la manifestó por amor, resucitó a Cristo y le dio gloria, para que la fe y la esperanza estén en Dios.
##
Key Takeaways
- 1. La gracia antecede la obediencia Pedro pone primero las bendiciones recibidas en Cristo antes de dar mandatos. La obediencia no aparece como una forma de ganarse la aceptación de Dios, sino como el fruto normal de una vida alcanzada por gracia. El creyente no obedece para entrar en la familia, sino porque ya pertenece a ella por medio de Cristo. [42:54]
- 2. La esperanza futura purifica hoy La gracia venidera no es una idea lejana para consolar emociones, sino una realidad que ordena la vida presente. Quien espera ser semejante a Cristo cuando él se manifieste procura vivir en santidad desde ahora. La mirada puesta en la revelación de Jesucristo rompe la tiranía de lo inmediato y le quita autoridad a las seguridades falsas de este mundo. [52:49]
- 3. La santidad tiene un patrón divino Pedro no permite medir la santidad por comparación con otra persona, por reglas humanas o por costumbres religiosas. El patrón es Dios mismo: santo, limpio, sin injusticia, sin falsedad, sin corrupción. Esa medida humilla toda autosuficiencia y llama al creyente a reflejar el carácter del Rey celestial en pensamiento, palabra, dinero, cuerpo, trabajo y relaciones. [57:13]
- 4. El Padre juzga sin favoritismo La paternidad de Dios no significa indiferencia ante la conducta de sus hijos. El amor del Padre no rebaja su santidad, y su gracia no elimina la responsabilidad del creyente delante de él. El temor reverente nace cuando la vida entera se vive delante de Dios, aun en lugares donde nadie más está mirando. [62:02]
- 5. La sangre compró una vida nueva Pedro recuerda que la redención no fue pagada con algo perecedero como oro o plata. Cristo derramó sangre preciosa, como cordero sin tacha y sin mancha, para sacar a su pueblo de una vana manera de vivir. Un precio tan santo muestra que la gracia no fue dada para continuar igual, sino para vivir ahora para Dios.
## [68:42]
Youtube Chapters
- [00:00] - Welcome
- [32:20] - La santidad de Dios que hace falta recuperar
- [32:37] - Isaías ve al Señor santo
- [34:25] - La pregunta de cómo vivir redimidos
- [37:16] - Lectura de 1 Pedro 1:13-21
- [39:01] - Creyentes dispersos bajo pruebas
- [42:54] - La identidad en Cristo antes de los mandatos
- [44:29] - Poner toda la esperanza en la gracia venidera
- [46:31] - Sobriedad frente al bombardeo del mundo
- [53:49] - Vivir como hijos obedientes
- [55:11] - No volver al molde de la vida pasada
- [57:13] - Sean santos porque Dios es santo
- [61:51] - Conducirse con temor reverente
- [66:10] - El precio y propósito de la redención
- [74:19] - Llamado a confiar en Cristo