A menudo, lo que elegimos mirar determina la condición de nuestro corazón. Cuando enfocamos nuestra atención en las dificultades, los problemas y el desierto que atravesamos, nuestro corazón se llena de temor, queja y desánimo. Sin embargo, la fe nos invita a mirar más allá de la realidad inmediata y a fijar nuestros ojos en las promesas de Dios, aunque el camino parezca imposible. No se trata de negar el valle, sino de aprender a ver la grandeza de lo que Dios ha dicho, incluso en medio de la adversidad.
Dios nos llama a examinar hacia dónde dirigimos nuestra mirada cada día. Si solo vemos lo que nos falta o lo que nos duele, perderemos de vista la fidelidad y el poder de Dios. Pero si elegimos mirar con fe, nuestro corazón se fortalece y podemos caminar con esperanza, sabiendo que Dios es más grande que cualquier desierto.
“Levanta tus ojos a lo alto y mira: ¿quién creó estas cosas? Él saca y cuenta su ejército; a todas llama por su nombre; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza y el poder de su dominio.” (Isaías 40:26, ESV)
Reflexión: ¿En qué áreas de tu vida has estado enfocando más tu atención en los problemas que en las promesas de Dios? ¿Qué podrías hacer hoy para cambiar la dirección de tu mirada hacia Él?
El pueblo de Israel, a pesar de haber visto milagros y provisión, se dejó consumir por la insatisfacción y la nostalgia por el pasado. Mirar las promesas de Dios sin fe nos lleva a la queja, al desánimo y a la incapacidad de reconocer lo que Dios está haciendo hoy. Cuando nos enfocamos en lo que no tenemos o en lo que perdimos, nos estancamos justo al borde de lo que Dios quiere darnos.
Dios quiere que aprendamos a reconocer y agradecer su provisión en el presente. La fe nos ayuda a ver que, aunque el camino sea difícil, Él sigue siendo fiel y está obrando a nuestro favor. No permitas que la queja y la nostalgia te impidan disfrutar y recibir lo que Dios tiene para ti hoy.
“Y dieron voces contra Moisés y contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la congregación: ¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá muriéramos en este desierto!” (Números 14:2, ESV)
Reflexión: ¿Hay algo en tu vida por lo que has estado quejándote o sintiendo nostalgia? ¿Cómo puedes hoy agradecer a Dios por su provisión presente, aunque no sea exactamente como esperabas?
Compararnos constantemente con otros o con nuestras propias expectativas puede ser una trampa mortal para nuestra fe. Cuando miramos hacia abajo, a nuestros problemas o a las fallas de los demás, terminamos agotados y sin esperanza. Dios nos llama a levantar la mirada, a dejar de medirnos con otros y a confiar en que su fidelidad no depende de nuestras circunstancias.
La comparación nos roba la paz y nos hace olvidar que cada uno tiene un camino único con Dios. Él no nos mide por los logros de otros, sino por nuestra confianza en Él. Levanta la mirada y descansa en la seguridad de que Dios es fiel contigo, tal como eres y donde estás.
“No nos atrevemos a igualarnos o compararnos con algunos que se recomiendan a sí mismos. Pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son sensatos.” (2 Corintios 10:12, ESV)
Reflexión: ¿En qué áreas de tu vida te has estado comparando con otros o con tus propias expectativas? ¿Qué podrías hacer hoy para dejar de compararte y confiar más en la fidelidad de Dios para ti?
Moisés nos enseña que la verdadera recompensa no siempre es la que imaginamos. Aunque no entró en la tierra prometida, su confianza en la fidelidad de Dios le permitió descansar en paz. Muchas veces, la plenitud de la promesa de Dios se revela en la comunión con Él, más que en la obtención de lo que deseamos.
Dios quiere que aprendamos a valorar su presencia por encima de cualquier bendición material o logro personal. Cuando nuestra mayor satisfacción está en Él, podemos vivir en paz y gratitud, aun cuando las cosas no salgan como esperábamos. La comunión con Dios es la mayor promesa cumplida.
“Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su amigo. Luego volvía Moisés al campamento, pero su joven ayudante Josué hijo de Nun no se apartaba de la tienda.” (Éxodo 33:11, ESV)
Reflexión: ¿Estás buscando más la bendición de Dios o su presencia? ¿Cómo puedes hoy cultivar una comunión más profunda con Él, independientemente de las circunstancias?
La fe madura aprende a ver más alto y más lejos, incluso cuando el presente parece contradictorio. No se trata solo de recibir lo prometido, sino de confiar en el carácter de Dios, aun cuando no entendamos sus caminos. Esta perspectiva nos permite vivir con esperanza y gratitud, sabiendo que, al final, Dios siempre cumple lo que promete, aunque sea de una manera diferente a la que esperamos.
Dios nos invita a crecer en una fe que no depende de las circunstancias, sino de su fidelidad. Cuando elegimos confiar en Él, podemos vivir con una esperanza que trasciende el presente y nos sostiene en cualquier situación. Mira más alto y más lejos, confiando en que Dios está obrando, aunque no lo veas aún.
“Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.” (Habacuc 2:3, ESV)
Reflexión: ¿Hay alguna promesa de Dios que parece lejana o imposible en este momento? ¿Qué pasos concretos puedes dar hoy para seguir confiando en el carácter y la fidelidad de Dios, aunque no veas resultados inmediatos?
Resumen del sermón:
En el sermón "Más alto, más lejos", reflexionamos sobre la diferencia entre mirar las promesas de Dios con fe y sin fe, usando el ejemplo del pueblo de Israel y de Moisés en su travesía hacia la tierra prometida. Aunque todos recibieron la misma promesa, sus perspectivas determinaron su experiencia: unos se enfocaron en las dificultades y el desierto, mientras que Moisés, aun sabiendo que no entraría en la tierra prometida, confió en la fidelidad de Dios hasta el final. El mensaje nos invita a examinar hacia dónde dirigimos nuestra mirada y cómo eso afecta nuestra relación con las promesas divinas.
Hay dos tipos de personas: los que confían en Dios y los que creen que confían en Dios. Ambos reciben la misma promesa, pero su perspectiva lo cambia todo.
Mirar sin fe las promesas de Dios es ver solo represión y amonestación, pensando que el pasado fue mejor, cuando en realidad eso es solo una ilusión.
Muchos cristianos ponen su mirada en sus problemas o en otros creyentes que no cumplen sus expectativas, y terminan agobiados, muertos en el desierto, justo frente a la tierra prometida.
Cuando solo vemos el precio y no la recompensa, estamos mirando sin fe las promesas de Dios, perdiendo de vista la gloria que nos espera.
Moisés, aun sabiendo que no entraría en la tierra prometida, confió en que Dios sería fiel a sus promesas, y descansó en los brazos de su Señor.
A veces, al enfrentar montañas y desiertos, lo primero que hacemos es lamentarnos y quejarnos, olvidando que la promesa gloriosa está justo delante de nosotros.
Los incrédulos ponen su esperanza en sus deseos personales y bienes materiales, creyendo que pueden valerse por sí mismos, pero esa mirada es limitada y vacía.
La verdadera fe no se trata solo de ver la promesa, sino de confiar en que Dios es fiel, incluso cuando no entendemos el camino o no recibimos lo que esperábamos.
El pueblo de Israel, cansado y agobiado, veía el monte Pisga solo como el monte que mira al desierto, sin darse cuenta de la promesa que tenían justo al frente.
Moisés luchó toda su vida por una promesa que no pudo disfrutar en esta tierra, pero obtuvo la mejor parte: descansar en la fidelidad de Dios.
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