Conocer a Dios de verdad cambia la manera de vivir, hablar y relacionarnos, porque Él no es una suma de partes, sino el Ser indivisible que es todo en todo. No necesita nada de nosotros y, aun así, nos invita a caminar con Él. Cuando recordamos que es el YO SOY desde siempre y para siempre, crece en nosotros la reverencia y se ordena nuestro corazón. La soberanía de Dios nos rescata del desorden interior y nos centra en su grandeza. Hoy puedes adorar sin prisa, dejar el teléfono a un lado del alma y reconocer que estás ante el Dios que no se divide ni se agota. Él es tu refugio eterno, y tu vida encuentra su lugar bajo su autoridad perfecta [02:31]
Salmo 90:1-2: Señor, a lo largo de todas las generaciones has sido nuestro hogar; antes de que nacieran los montes y antes de que existiera el mundo, tú ya eras. Desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura, sigues siendo Dios.
Reflection: ¿Qué pequeño acto de reverencia concreta puedes practicar hoy (silencio, oración breve, gratitud) para recordar que tu vida está ante el Dios eterno?
La vida no se decide por la suerte, el destino ni las supersticiones; el Padre hace todo conforme al designio de su voluntad. Él levanta y humilla reinos, y su consejo permanece aunque el orgullo humano pretenda lo contrario. En vez de pelear con su plan, podemos descansar sabiendo que ninguna circunstancia se escapa de su mano. Él no necesita nuestra asesoría; necesita nuestro sí confiado. Al someter nuestros caminos a su sabiduría, evitamos el caos de “hacer cada uno lo que bien le parece” y recibimos su dirección para bien. Renuncia hoy a la narrativa del azar y abraza el gobierno bondadoso del Padre [03:05]
Isaías 46:10: Desde el principio anuncio cómo terminarán las cosas y revelo lo que aún no sucede; mi propósito se mantiene firme, y llevo a cabo lo que decido.
Reflection: ¿En qué situación has atribuido los resultados al “azar” y cómo podrías nombrar y orar el plan del Padre sobre eso esta semana?
Todo fue creado por medio de Jesús y para Jesús; por eso su palabra no se negocia, se obedece. Su soberanía brilla no solo en su poder, sino en su decisión libre de entregar su vida y tomarla de nuevo. Nadie lo venció; Él eligió la cruz por el gozo de redimirnos. Si Él tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra, entonces nuestra misión y nuestras decisiones se ordenan bajo su mandato amoroso. La paz llega cuando dejamos de discutir con su voluntad y respondemos con obediencia confiada. El Rey que dio su vida merece nuestro “aquí estoy” hoy [02:48]
Juan 10:18: Nadie me arrebata la vida; yo la entrego por decisión propia. Tengo autoridad para entregarla y para recuperarla, y esto lo recibí como mandato de mi Padre.
Reflection: ¿Qué instrucción clara de Jesús has pospuesto y qué paso pequeño, específico y obediente darás en las próximas 48 horas?
El Espíritu Santo no es controlado por nadie; como el viento, se mueve soberanamente para convencer, guiar y edificar. Él decide cómo distribuir los dones y dónde ubicarnos para el bien de la iglesia. Compararnos y envidiar nos roba gozo y nos distrae del encargo que sí nos fue dado. La madurez llega cuando abrazamos la porción que el Espíritu nos confió y la ponemos al servicio de otros. Pide sensibilidad para obedecer su impulso hoy, y verás cómo su poder produce fruto donde te coloque. Deja de resistir su asignación y permite que Él te use como quiera [03:12]
1 Corintios 12:4-11: Hay distintas clases de dones y de servicios, pero es el mismo Espíritu el que los produce y los reparte. A cada persona se le concede una manifestación para beneficio de todos, y el Espíritu distribuye a cada uno como le parece.
Reflection: ¿Qué don o servicio te ha confiado el Espíritu que has descuidado por compararte, y cuál será tu siguiente acción concreta para volver a ejercerlo?
Nada que atravesamos es accidental en las manos del Señor; Él usa incluso lo difícil para formarnos a la imagen de su Hijo. Cuando vienen pruebas y tentaciones, también llega con ellas la salida y el auxilio de Dios. Por eso podemos soltar la ansiedad, dejar de justificar desobediencias y elegir el camino de la confianza práctica. Al comenzar este tiempo, entrega tus planes y tiempos, y pide aprender a esperar y a actuar cuando Él indique. La soberanía de Dios no elimina la responsabilidad; la encamina hacia una paz obediente. Tu futuro está seguro cuando tus pasos se rinden a su voluntad [03:00]
Romanos 8:28-29: Sabemos que Dios hace que todo coopere para el bien de quienes lo aman y fueron llamados según su propósito; a quienes conoció de antemano, los destinó a parecerse a su Hijo, para que Él sea el primero entre muchos hermanos.
Reflection: Piensa en una puerta cerrada reciente: ¿cómo podrías reinterpretarla como parte del proceso de Dios para formarte a la semejanza de Cristo y qué práctica de descanso adoptarás esta semana?
Comenzamos recordando que la verdadera reverencia no nace de un regaño, sino de contemplar cuán grande, santo y poderoso es Dios. Por eso dedicaremos semanas a conocer sus atributos, sabiendo que conocerlo mejor transforma nuestra conducta, palabras, relaciones y aun nuestra manera de enfrentar el pecado. Presenté un fundamento clave: Dios es simple. No está hecho de partes; Él es 100% todo lo que es, todo el tiempo. El “YO SOY” no necesita nada de nosotros y, aun así, nos invita a caminar con Él. Este marco nos ayuda a ver cómo su justicia, misericordia, amor y poder no se compiten, sino que actúan en perfecta unidad.
Luego miramos su soberanía: Dios gobierna de forma absoluta y activa sobre todo lo creado. Nada ni nadie detiene su mano. Eso incluye el mundo espiritual (ángeles y Satanás), la naturaleza que obedece su voz, y su iglesia de la cual Cristo es la cabeza. Cuando olvidamos esto, terminamos viviendo como en los días de los Jueces, haciendo cada uno lo que bien nos parece, con consecuencias dolorosas.
Vimos esta soberanía en el Padre, que ejecuta su consejo y humilla a los orgullosos como a Nabucodonosor; en el Hijo, por quien y para quien fueron creadas todas las cosas, quien tiene toda autoridad y voluntariamente entregó y retomó su vida; y en el Espíritu, soberano como el viento, que convence, guía a la verdad y reparte los dones como quiere. Por eso no competimos ni envidiamos, sino que nos sometemos y servimos con lo que Él da.
¿Qué significa esto para nosotros? Descansar en su control en medio de pruebas y tentaciones, sabiendo que nada es accidental y que todo puede formarnos a la imagen de Cristo. Rechazar supersticiones y la ilusión del azar: nuestro futuro no pende de un gato negro, sino de un Rey eterno. Y someter nuestra voluntad a la suya, dejando de pelear con el Alfarero y echando nuestras ansiedades sobre Él. Al iniciar un nuevo año, la pregunta no es si Dios seguirá siendo soberano, sino si viviremos bajo su soberanía: confiando, obedeciendo y rindiendo nuestros planes a sus manos.
Dios es simple en el sentido de que es un ser indivisible; no está formado de partes. No es 9% fidelidad y 9% soberanía; Él es 100% todas estas cosas en todo tiempo.
Dios no necesita nada de nosotros; Él es autosuficiente y ya tiene todo lo que necesita. Nos invita al rescate: el necesitado siendo invitado a reconciliación por el que no necesita nada.
La soberanía de Dios significa que Él gobierna absoluta y activamente sobre todo lo que ha creado: lo físico, lo espiritual, ángeles, Satanás y hasta las potestades que intentan oponerse.
Si no vemos a Dios como soberano sobre nosotros, tomaremos decisiones a nuestro parecer; cuando cada uno hace lo que bien le parece, suceden tragedias entre los que dicen ser pueblo de Dios.
La soberanía del Espíritu decide dónde y cómo nos usará para edificar la iglesia. Dejemos de envidiar dones ajenos, aprovechemos los nuestros y hagamos la obra en obediencia al Dios supremo.
Debemos aprender a descansar en Su soberanía. Nada sucede sin que Él lo apruebe; las tormentas, pruebas y tentaciones son permitidas por Él para ayudarnos a madurar y ser más como Cristo.
Rechacemos la idea de que la vida la deciden la suerte, el destino o supersticiones. Ninguna de esas cosas es mayor que Dios; solo Él tiene control total y supremo.
Al final, la soberanía de Dios nos coloca ante una decisión simple pero seria: confiar en Él o intentar controlar lo que nunca estuvo en nuestras manos. No hay punto medio.
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