Pasar del bullicio al silencio cambia la manera de caminar y mirar; así ocurre cuando se percibe que se ha entrado a un espacio apartado. La santidad de Dios es esa “otredad” que nos despierta a su grandeza inigualable. Como Isaías, uno no solo aprende más sobre Dios, sino que reconoce quién es Él y quién es uno mismo. Ese reconocimiento trae quebranto y al mismo tiempo esperanza, porque Dios no solo revela, también limpia y envía. Pídele hoy que te permita cruzar el umbral hacia su presencia con humildad y expectación [02:17]
Isaías 6:1-7: En el año de la muerte de Uzías, Isaías vio al Señor alto y exaltado; su manto llenaba el templo y seres ardientes proclamaban: “Santo, santo, santo; toda la tierra refleja su gloria.” Las puertas temblaron y el lugar se llenó de humo. Isaías se vio arruinado y culpable, pues reconoció sus labios impuros en medio de un pueblo igual. Entonces uno de los seres tomó un carbón encendido del altar, tocó su boca y le dijo: “Tu culpa ha sido retirada y tu pecado, perdonado.”
Reflection: ¿Cuál “umbral” concreto de tu día —un momento de silencio, una caminata sin celular, un rincón de tu casa— podrías dedicar esta semana para volverte intencionalmente a la presencia del Dios santo?
La santidad de Dios significa que es absolutamente puro, inocente, libre de toda culpa y totalmente apartado de todo lo creado. Nadie puede detener su mano ni frustrar su propósito; su virtud es singular y su poder, eficaz. Por eso, Jesús, santo e intachable, ofrece un sacrificio suficiente que no necesita repetirse. Su santidad no solo inspira reverencia, también nos asegura que la obra de salvación está completa en Él. Descansa hoy en que el Santo no falla ni retrocede cuando decide rescatarte [03:05]
Hebreos 7:26-27: Nos convenía un sumo sacerdote distinto a todos: santo, sin contaminación, separado del pecado y elevado sobre los cielos. A diferencia de otros sacerdotes, no necesita sacrificarse a diario por sus propios pecados. Él se ofreció a sí mismo una vez y para siempre, y su entrega basta para acercarnos confiadamente a Dios.
Reflection: ¿En qué área concreta has estado intentando “pagar” a Dios con esfuerzos propios en lugar de confiar en la obra perfecta y suficiente de Cristo, y qué recordatorio práctico (una oración breve, una nota visible) adoptarás esta semana para volver a esa confianza?
Ser santo no es elitismo espiritual; es responder al llamado del Dios santo que dice: “Sed santos, porque yo soy santo.” Esa obediencia no se reduce a conductas externas, sino a dejar de moldearnos por deseos antiguos y abrazar nuevos afectos. Preparar la mente, permanecer sobrios y fijar la esperanza en la gracia forman el corazón de una vida apartada para Dios. La santidad se vive en decisiones concretas: palabras, pensamientos y hábitos que reflejan a quién pertenecemos. Hoy elige obedecer no por miedo, sino porque Aquel que te llamó es digno de tu vida entera [01:42]
1 Pedro 1:13-16: Dispónganse con mente alerta y corazón sobrio; pongan su esperanza por completo en la gracia que será revelada en Jesucristo. Como hijos obedientes, no vuelvan a las viejas pasiones de cuando no sabían la verdad. Más bien, así como el que los llamó es santo, sean santos en todo, porque Dios mismo ha establecido: “Sean santos, porque yo soy santo.”
Reflection: Identifica un hábito específico que aún nace de tus “deseos de antes”; ¿qué acción pequeña y práctica tomarás esta semana para reemplazarlo por un acto de obediencia que honre a Dios?
La santidad no solo se exige; también se otorga mediante renovación. Dios nos salvó no por méritos propios, sino por su misericordia: nos lavó, nos regeneró y nos renovó por el Espíritu Santo. Al creer, fuimos sellados como suyos, y por eso no queremos entristecer al Espíritu que habita en nosotros. La obra santa de Dios alcanza nuestra raíz, no solo la fachada; nos hace nuevas criaturas. Pídele al Espíritu que renueve tu interior donde te sientes más cansado o estancado [04:11]
Tito 3:4-7: Cuando aparecieron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, Él nos rescató, no por lo que hubiéramos hecho, sino por su misericordia. Nos lavó con un nuevo nacimiento y nos dio nueva vida por medio del Espíritu Santo, derramado abundantemente por Jesucristo. Así, justificados por gracia, llegamos a ser herederos de la esperanza eterna.
Reflection: ¿En qué área concreta te sientes estancado (ánimo, pureza, perdón, disciplina), y cómo pedirás cada día esta semana al Espíritu que te renueve ahí —por ejemplo, con una oración breve a la misma hora o con una confesión honesta a un hermano de confianza?
Vivir en santidad no es cargar con un peso imposible, sino mantener el paso con el Espíritu. Cuando Él marca la cadencia, el fruto brota de manera natural: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Al mismo tiempo, aprendemos a decir no a la carne porque pertenecemos a Cristo y hemos clavado con Él lo viejo. La iglesia refleja al Dios santo cuando su gente camina a su ritmo, no al de la prisa ni al de la autoexigencia. Hoy ajusta tu paso al del Espíritu y confía en el fruto que Él hará crecer [02:53]
Gálatas 5:22-25: El Espíritu produce en nosotros un carácter lleno de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio; contra lo que Él produce no hay prohibición que la frene. Los que son de Cristo han crucificado lo que la carne desea. Si tenemos vida por el Espíritu, mantengamos también nuestro andar a su compás.
Reflection: Elige una situación diaria donde más sueles reaccionar en la carne (tráfico, reunión, conversación difícil); ¿qué práctica sencilla (una respiración orada, un versículo memorizado, un breve silencio) adoptarás para mantenerte al paso del Espíritu en ese momento?
Al cruzar del bullicio del barrio musulmán de Jerusalén al silencio de la iglesia del Santo Sepulcro, todo cambió: las voces bajaron, los pasos se hicieron lentos, la atención se volvió reverente. Ese contraste ilustra lo que ocurre cuando una persona se encuentra con la santidad de Dios. No hablamos de más información religiosa, sino de reconocer que Dios no está en nuestra categoría. Él es completamente puro, distinto, apartado, sin culpa, digno de toda adoración y con una virtud inigualable que hace lo que ninguno puede: transformar de raíz.
Vimos que su santidad se manifiesta en el Padre, cuando los serafines claman “Santo, santo, santo”, subrayando su “otredad”. En el Hijo, cuya pureza e inocencia hacen suficiente su sacrificio: Jesús no necesitó ofrecer por sus propios pecados porque no tuvo pecado. En el Espíritu, que no solo es santo, sino que santifica: sella, regenera y renueva, apartándonos para Dios. La santidad de Dios no es una idea abstracta; es la atmósfera de su presencia.
Esa realidad nos alcanza. Su santidad demanda obediencia: “Sed santos, porque yo soy santo”. No es solo cambiar conductas, es alinear deseos, dejar de conformarnos a los impulsos viejos y abrazar los deseos de Dios. Su santidad también demanda renovación: Dios no nos pulió, nos hizo nuevos; nos lavó, nos regeneró, nos dio una nueva naturaleza. Por eso, no entristecemos al Espíritu con una vida que insiste en lo viejo.
Y, al mismo tiempo, su santidad nos capacita. El Espíritu mora en nosotros; no somos nuestros. Si caminamos a su paso, el fruto brota: amor, gozo, paz, paciencia y más. No por orgullo moral, sino por la vida de Dios dentro de nosotros. Como Isaías, ver al Señor alto y sublime reordena todo: vemos a Dios, vemos nuestra condición, y somos enviados. La santidad no es un ideal inalcanzable ni una carga imposible; es el resultado de rendir el paso al Espíritu día tras día. De ahí nacen una adoración verdadera, una obediencia sincera y una vida que refleja, aunque imperfectamente, al Dios santo.
Estábamos a solo unos metros de los mercados; la ubicación no cambió, pero la actitud sí. Al darse cuenta de que estaban en un lugar digno de reverencia, la gente actuó diferente.
Cuando una persona tiene un encuentro real con la santidad de Dios, no es adquirir información o tradición; es darse cuenta de que Dios está en una categoría muchísimo más superior, completamente distinto, puro y apartado.
La santidad de Dios significa que Él es puro, inocente, libre de culpa, apartado, venerable, que tiene singular e inigualable virtud.
El mal que sucede en este mundo no es culpa de Dios; es causado por la rebeldía contra su reino. Él no causa el mal, pero puede usarlo para el bien.
La santidad de Dios demanda obediencia: debemos ser santos—apartados, puros, obedientes, sin mancha—simplemente porque Él lo demanda por su propia naturaleza.
La santidad de Dios demanda renovación: cuando somos salvados somos lavados y renovados en el Espíritu; no solo cambia nuestro comportamiento, sino todo nuestro ser es hecho de nuevo.
Su santidad no solo demanda obediencia y renovación, sino que es también la que nos capacita; el Espíritu Santo habita en nosotros y nos permite vivir la santidad que Él exige.
La santidad no es una carga imposible ni un ideal inalcanzable; es el resultado natural de caminar al paso del Espíritu Santo, reconociendo que hemos sido comprados por precio y vivimos para su gloria.
La pregunta no es si Dios es santo; la pregunta es si nuestra vida refleja que hemos estado en Su santa presencia.
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