Dios no nos llama a ser simples espejos de lo que ocurre a nuestro alrededor, sino a ser instrumentos de transformación en medio de nuestro entorno. Así como un termómetro solo indica la temperatura, muchos cristianos se limitan a reflejar las actitudes, valores y preocupaciones del mundo. Sin embargo, el llamado de Cristo es a ser termostatos: personas que, por haber resucitado con Él, influyen y marcan la diferencia, estableciendo una nueva “temperatura” espiritual dondequiera que estén.
Esto implica una decisión diaria de no conformarse a los patrones de este mundo, sino de vivir con una perspectiva celestial. Al mantener nuestros ojos en las cosas de arriba, podemos impactar a quienes nos rodean, mostrando con nuestras acciones y palabras que hay una vida diferente y mejor en Cristo. No se trata de aislarnos, sino de ser agentes de cambio, llevando la luz y la esperanza de Jesús a cada rincón de nuestra vida cotidiana.
“Y no os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2, ESV)
Reflexión: ¿En qué área de tu vida tiendes a reflejar más la cultura que a transformarla? ¿Qué decisión concreta puedes tomar hoy para marcar la diferencia y establecer el ambiente de Cristo en ese lugar?
La cultura actual nos anima a “seguir el corazón”, pero la Palabra de Dios nos advierte que el corazón humano puede ser engañoso y voluble. En vez de dejar que nuestros sentimientos dicten nuestras acciones, estamos llamados a tomar la iniciativa de orientar nuestro corazón hacia las cosas de Dios, incluso cuando no lo sentimos naturalmente. La verdadera transformación comienza cuando, por fe, decidimos buscar lo eterno y permitir que nuestros afectos se alineen con esa decisión.
Esto requiere intencionalidad y perseverancia. No siempre sentiremos pasión por lo espiritual, pero al elegir diariamente buscar a Dios, nuestros deseos y emociones comenzarán a cambiar. Con el tiempo, experimentaremos una pasión genuina por lo eterno, y nuestro corazón será dirigido por la verdad y no por las circunstancias o emociones pasajeras.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo, el Señor, que escudriño el corazón, que pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.” (Jeremías 17:9-10, ESV)
Reflexión: ¿Hay alguna área donde tus sentimientos te han alejado de buscar a Dios? ¿Cómo puedes hoy tomar una decisión intencional para dirigir tu corazón hacia lo que es eterno?
Fijar la mente en las cosas de arriba no es una forma de evasión, sino una disciplina que nos transforma y nos hace más como Jesús. Cuando nuestros pensamientos están enfocados en lo eterno, podemos resistir las tentaciones y soportar las pruebas del presente, porque valoramos lo que es duradero por encima de lo pasajero. Esta mentalidad nos protege de convertirnos en enemigos de la cruz y nos impulsa a una obediencia que va más allá del sacrificio personal.
La mente es el campo de batalla donde se decide si viviremos para lo temporal o para lo eterno. Al renovar nuestros pensamientos con la verdad de Dios, somos capacitados para vivir de manera radical, obedeciendo a Cristo incluso cuando es difícil o costoso. Así, nuestra vida se convierte en un testimonio visible del poder transformador de la resurrección.
“Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3:2-3, ESV)
Reflexión: ¿Qué pensamientos o preocupaciones terrenales ocupan tu mente con frecuencia? ¿Cómo puedes hoy reemplazarlos intencionalmente por verdades eternas de la Palabra de Dios?
El pasado, con sus errores, pecados y remordimientos, ya no tiene poder sobre quienes han muerto y resucitado con Cristo. No se trata de negar la dificultad de soltar viejas costumbres o heridas, sino de reconocer que la fuerza para hacerlo no proviene de nosotros, sino de la vida de Cristo en nosotros. Su suficiencia nos permite avanzar hacia la vida nueva, dejando atrás lo que nos estorba y abrazando la libertad que Él nos ofrece.
Soltar el pasado es un proceso, pero es posible porque Cristo ya venció todo lo que nos ataba. Al depender de Su poder y no del nuestro, podemos experimentar verdadera libertad y comenzar a vivir plenamente la nueva identidad que tenemos en Él. No permitas que el pasado defina tu presente; deja que la suficiencia de Jesús marque el rumbo de tu vida.
“Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3:13b-14, ESV)
Reflexión: ¿Qué situación, error o remordimiento del pasado sigues permitiendo que influya en tu vida hoy? ¿Cómo puedes hoy entregar eso a Cristo y confiar en Su suficiencia para avanzar?
La promesa de ser manifestados con Cristo en gloria redefine la manera en que vivimos hoy. Saber que lo temporal será absorbido por lo eterno nos da una razón poderosa para invertir nuestra vida en lo que realmente importa: agradar a Dios y reconciliar a otros con Él. Esta perspectiva nos libera de la ansiedad por lo terrenal y nos impulsa a cumplir nuestra misión como embajadores del Reino.
Vivir con la mirada puesta en la gloria futura nos ayuda a priorizar lo eterno sobre lo pasajero. Nos motiva a tomar decisiones que reflejen nuestra verdadera ciudadanía celestial y a invitar a otros a experimentar la suficiencia de Jesús. La esperanza en lo que vendrá nos da fuerzas para perseverar y nos llena de gozo, aun en medio de las dificultades presentes.
“Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.” (Colosenses 3:4, ESV)
Reflexión: ¿De qué manera la esperanza de la gloria futura puede cambiar la forma en que enfrentas tus responsabilidades y relaciones hoy? ¿Qué acción concreta puedes tomar para vivir con una perspectiva eterna?
Resumen del Sermón
En este mensaje, exploramos la enseñanza central de Colosenses 3:1-4: la suficiencia de Jesús no es solo una verdad teológica, sino una realidad que debe transformar cada aspecto de nuestra vida diaria. Usando la analogía del termómetro y el termostato, se nos desafía a no ser simples reflejos del mundo, sino agentes de cambio que, al haber resucitado con Cristo, viven con el corazón y la mente enfocados en las cosas de arriba. Pablo nos llama a dejar atrás el pasado, a no vivir atados a remordimientos ni a patrones terrenales, sino a abrazar la vida nueva que Cristo nos ha dado, confiando en que Él es suficiente para sostenernos y transformarnos. El sermón nos invita a examinar si la resurrección con Cristo está produciendo un efecto real, visible y diario en nuestras vidas, y nos anima a tomar decisiones intencionales para buscar lo eterno, dejando atrás lo que nos ata a lo temporal.
Puntos Clave para Reflexión
- No seas un reflejo, sé un transformador: Muchos cristianos viven como termómetros, simplemente reflejando lo que sucede a su alrededor. Pero el llamado de Cristo es a ser termostatos espirituales, personas que, por haber resucitado con Él, influyen y transforman su entorno. Esto requiere una decisión diaria de no conformarse a los valores y patrones del mundo, sino de vivir con una perspectiva celestial que impacta a quienes nos rodean.
- El corazón necesita dirección, no permiso: La cultura nos dice que sigamos nuestro corazón, pero la Escritura nos advierte que el corazón es engañoso. En vez de dejar que nuestros sentimientos dicten nuestras acciones, estamos llamados a apuntar intencionalmente nuestro corazón hacia las cosas de Dios, incluso cuando no lo sentimos. Con el tiempo, nuestros afectos se alinearán con nuestras decisiones, y experimentaremos una pasión genuina por lo eterno.
- La mente enfocada en lo eterno produce obediencia radical: Dirigir nuestra mente a las cosas de arriba no es un ejercicio de evasión, sino una disciplina que nos hace más como Jesús. Cuando nuestros pensamientos están anclados en lo celestial, podemos soportar las pruebas y rechazar las tentaciones del presente, porque valoramos lo que es eterno por encima de lo temporal. Esta mentalidad nos protege de convertirnos en enemigos de la cruz y nos impulsa a una obediencia que trasciende el sacrificio personal.
- Dejar el pasado es posible porque Cristo es suficiente: El pasado, con sus errores, pecados y remordimientos, ya no tiene poder sobre quienes han muerto y resucitado con Cristo. No se trata de negar la dificultad de soltar viejas costumbres, sino de reconocer que la fuerza para hacerlo no proviene de nosotros, sino de la vida de Cristo en nosotros. Al depender de Su suficiencia, podemos avanzar hacia la vida nueva, dejando atrás lo que nos estorba y abrazando la libertad que Él nos ofrece.
- El futuro glorioso redefine nuestro presente: La esperanza de ser manifestados con Cristo en gloria nos da una razón poderosa para vivir de manera diferente hoy. Saber que lo temporal será absorbido por lo eterno nos motiva a invertir nuestra vida en lo que realmente importa: agradar a Dios y reconciliar a otros con Él. Esta perspectiva nos libera de la ansiedad por lo terrenal y nos impulsa a cumplir nuestra misión como embajadores del Reino, llevando a otros a experimentar la suficiencia de Jesús.
Muchos cristianos viven como termómetros, reflejando lo que el mundo hace y valora. Pero los que han resucitado con Cristo deben ser termostatos espirituales: no reflejan su entorno, sino que lo transforman con una mente y un corazón puestos en las cosas de arriba.
Jesús no vino solo para informarte acerca de Su suficiencia; vino para transformarte por medio de ella. Esa transformación comienza cuando decides apuntar tu corazón y dirigir tu mente a las cosas de arriba.
Si lo que Jesús ha hecho por ti no está teniendo un efecto diario, impactante e innegable en tu vida, tienes que considerar si realmente conoces a Jesús como Salvador y Señor, o si solo vives una vida de religiosidad.
Dejar que el corazón mande es un gran peligro. El corazón es engañoso y no es bueno para tomar decisiones. Nosotros podemos tomar decisiones intencionales que mueven nuestro corazón a lo que es correcto e importante.
Haz lo correcto, lo que es agradable a Dios, aun cuando a tu corazón no necesariamente le gusta, y lo estarás apuntando hacia las cosas de arriba. Tu corazón eventualmente te seguirá.
Enfocar nuestra mente en las cosas celestiales más que en las terrenales tiene grandes consecuencias. Si tu mente está enfocada solo en el aquí y ahora, corres el riesgo de convertirte en enemigo de la cruz de Cristo.
Al morir con Jesús y haber sido resucitados, nuestro pasado debe quedar atrás: remordimientos, vida pecaminosa, malas costumbres y malas decisiones. No es fácil, pero tampoco es imposible, porque solo Él es suficiente.
Yo no soy suficiente, pero Cristo sí lo es. Eso es lo que me da la fuerza para dejar mis pecados atrás, abandonar malos hábitos y no seguir tomando malas decisiones. No yo, sino Cristo.
Ya no vivas mirando hacia atrás, a tus errores, temores o culpas. Deja de mirar hacia adentro, buscando fuerzas en ti mismo para cambiar tu vida. Levanta la mirada. Mira hacia arriba, donde está Cristo.
Si tienes a Jesús, no te falta nada. Si te falta Jesús, no tienes nada.
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