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A veces la quietud trae la pasividad espiritual y cuando no somos desafiados en nuestra fe y en nuestra confianza, no crecemos. A veces Dios intencionalmente precisamente hace eso, mueve nuestros nidos, mueve nuestras circunstancias, las altera y nos coloca en una posición de buscar respuestas, de recurrir y acudir a Él, porque de lo contrario no lo haríamos o lo haríamos muy tímidamente.