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El gozo no vino cuando todo era perfecto, sino en medio de su cansancio, de su quebranto. Ese momento de reconstrucción, ahí es donde vino. Y ojo, no confundamos el gozo con una sonrisa forzada o con negar el dolor. El gozo bíblico no es negar la tristeza, sino encontrar fuerza en Dios en medio de ella. Es posible, es posible llorar y a la vez tener gozo. Porque no depende de las emociones pasajeras, sino de la esperanza eterna.