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Ninguno merecedor del lugar que ocupaba, todos ellos recargados en la gracia y sentados sobre la bondad de Dios. Me imagino que el apóstol Pedro al recordar esta escena escribe en su carta, en su segunda carta: Debido a su gloria y excelencia, debido a su gloria y su excelencia, no debido a mis glorias y mis excelencias. No es debido a que yo cumplo ciertos rituales, ciertas exigencias, no es que yo soy bueno, no es que yo hago algo para que Dios me acepte. Es que debido a su gloria y excelencia nos ha dado grandes y preciosas promesas. Estas promesas hacen posible que ustedes participen de la naturaleza divina.